- JUEVES DE EPOPEYAS -

 Por Lautaro Bonelli

 Ayer empecé mi vida facultativa y no puedo trazar mejor paralelismo que…


Derek Redmond y yo en cierta manera tenemos nuestras similitudes. Los 2 empezamos una carrera.


Barcelona 92´ y sonaba el disparo de aquella carrera olímpica de 400 metros, Derek Redmond partía en el 5to carril y empezó la tan ansiada semifinal. Redmond, uno de los favoritos a ganar aquella carrera, atacó los primeros metros con técnica y velocidad. Faltando varios metros para la meta, el tendón de la corva de su pierna derecha se rompió. Lágrimas en sus ojos y su pierna derecha en el suelo, cabeza gacha y dolor. 


Los demás competidores siguieron su carrera, pero los ojos apuntaban a Derek, que poco a poco se iba parando y retomando fuerzas. Salto a salto, paso a paso, Redmond, sin ya competidores en la pista, decidía terminar su carrera, porque nunca importa lo lento que vayas, sino que nunca te detengas.  


El estadio se hinchaba en aplausos hacia el corredor britanico, y su padre, con quien Derek había iniciado su amor por el atletismo, ve sufrir a su hijo. Entre gambetas y empujones sortea los guardias del estadio y logra llegar a la pista para acompañar a su hijo. Su presencia, llena de apoyo, fue combustible para el corazón del corredor y una muestra olímpica de apoyo, entre un padre y su hijo.


Por eso, quiero aprovechar esta historia, para agradecer a mis padres, por apoyarme desde el inicio con mi carrera, y por estar ahí, en algún futuro incierto, que a todos nos depara por lo menos, un tendón de la corva como el de Derek Redmond.


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